Frías de Albarracín
La localidad de Frías de Albarracín se sitúa al pie de un cerro aislado, en el que estuvo ubicado el poblamiento antiguo, dominando una gran depresión. Esta amplia cuenca es uno de los poljes o depresiones fluvio-kársticas del conjunto Guadalaviar-Villar del Cobo-Frías de Albarracín. Su fondo arenoso-arcilloso es un área de cultivo de gran importancia por su planitud y extensión. La parte norte del término corresponde a la Muela de Frías de Albarracín, una gran estructura sinclinal en materiales jurásicos e intensamente afectada por la disolución, generando morfologías kársticas, especialmente dolinas.
Predominan las dolinas en embudo, debidas a colapsos de galerías internas producidas por disolución, aunque también hay una dolina en pozo, de gran interés porque seguramente fue el sumidero original del antiguo polje de Frías durante su evolución cuaternaria. Los materiales del Jurásico superior (Malm), especialmente Oxfordiense y Kimmeridgiense, contienen una gran cantidad de fósiles marinos, que pueden encontrarse dispersos por las parameras y laderas de toda la zona.
El municipio se encuentra inmerso en la Serranía de Albarracín, en la que la principal especie vegetal es el pino albar o silvestre, el cual alcanza un gran desarrollo y permite, por la condiciones de humedad de la zona, la aparición de un importante sotobosque donde se pueden observar enebros, guillomos, diversos espinos y rosáceas.
La cueva de la Peña de la Morería posee pinturas rupestres de estilo levantino. En un cerrete sobre el pueblo se ha excavado en sucesivas campañas arqueológicas el asentamiento del Bronce Medio del Castillo, pese a haber sido parcialmente destruido al construirse un depósito de agua, ha proporcionado interesantes materiales. Ocupado en la I Edad del Hierro y en plena época ibérica se conoce el yacimiento de El Castellar.
Destacando sobre el pueblo se alza la iglesia de la Asunción, una de las obras más monumentales de estilo neoclásico en la provincia. La anterior iglesia se desplomó a comienzos del siglo XIX, permaneciendo así hasta mediados de siglo, cuando, hacia la década de 1860, se inició la construcción que hoy puede verse. Es de una nave con capillas laterales, cubierta con bóveda de medio cañón y cúpula en el crucero. La torre cuadrada, a un lado del crucero, se corona con un pequeño cuerpo octogonal. Donde queda manifiesta la sobriedad de gusto neoclásico es en su fachada, compuesta por dos cuerpos rematados por un frontón. Fue reformada en 1967.
Junto al pueblo se encuentra la antigua ermita de la Inmaculada Concepción, de una nave cubierta a dos aguas. La actual construcción, hoy almacén municipal, debió de edificarse tras el incendio que sufrió en 1833, de ahí la presencia de elementos neoclásicos.
En el término de Frías existen otras ermitas, como la de San Roque, restaurada en 1998, donde los quintos entrantes acuden llevando la imagen del santo en procesión durante las fiestas patronales. Otra ermita es la de San Juan, edificio de una nave con techumbre de madera próximo a la fuente del Buey, o la ermita del Carmen, situada en las ya deshabitadas Casas de Frías.
Precisamente a esta ermita acude desde toda la sierra una romería cada 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. La devoción popular se plasma visualmente en peregrinos que llegan descalzos en cumplimiento de alguna promesa, a menudo relacionada con la curación de alguna enfermedad.
Las fiestas patronales tienen lugar a mediados de agosto en honor a la Asunción de la Virgen y San Roque. Los encierros tradicionales de novillos se realizan por la mañana y se ajustan a un esquema común seguido en muchos pueblos de la sierra: jinetes montados a caballo van a buscar los toros a la finca en que están pastando y los traen andando hasta la plaza de toros, construida a mediados de los 80 aprovechando una ladera del monte como graderío. Una vez en el ruedo, los hijos del pueblo juegan con ellos, intentando que no entren en los toriles. Por la tarde se torean en la novillada, sacrificándose un animal para que su carne, una vez guisada, sirva de merienda para todos los vecinos.
Aunque se ha perdido la celebración de los mayos y la especial fiesta que se hacía en Corpus, todavía se representa la adoración de los Magos, en la que caballerías bellamente enjaezadas con los pajes y los Reyes llegan al pueblo al anochecer acompañados de antorchas encendidas. Delante de ellos, un paje con una estrella anuncia su llegada. En la plaza, con las ramas de un gran árbol de Navidad, se construye una cueva que acoge un Belén viviente al que se acercan los Reyes para ofrecer sus presentes al Niño. Al terminar, niños y mayores reciben regalos costeados por el Ayuntamiento.


